COMPLETAMENTE VACIO

A pesar de que mi vida va mejor, de que económicamente estoy bien y no me falta nada; es este el momento en que quizás me siento más seco, mas mermado, menos yo. No hay nada en mi mundo exterior que me fascine, y mi mundo interior está hibernando. Es como si estuviera sentado esperando a que el mundo cambie, pero nada pasara, ni siquiera el viento.


Esta es la fase de mi vida en que, sin que me haga falta nada, me hace falta más estímulos para sentirme bien. Siento mi mundo ahora tibio, austero, inocuo también. El cielo es de un azul pastel sin ser bello ni feo, simplemente está encima de mí y es azul. Y la gente ya no tiene nada nuevo a decirme. Ya no hay nada que yo no sepa…

Me aburro. Y cuando me aburro la cago.



CENICIENTA ACTUAL

Hubo una vez, escondida en el más recóndito rincón de Barcelona, una chica búlgara que vivía en un apartamento compartido en el 4º piso del número 32 de la calle Balmes. Era una chica guapa, rubia de ojos azules y piel de porcelana, que respondía al nombre de Cinderella. Su amiga Hannah, convive con ella desde que llegó a esa ciudad enorme, donde se mezcla lo nuevo con lo antiguo.

 

Cinderella trabaja en una casa como chica de servicio. No es que no le guste lo que hace… lo que no le gusta nada es como la tratan: como si fuera una especie de retrasada mental solo por su acento búlgaro. Todos los días tiene que soportar chistes sobre como pronuncia la erre y sobre las condiciones económicas de su país. – claro, eres bioquímica, pero como no tienen donde caerse muertos, vienes a hacer de chacha – suele decir despectivamente la señora de la casa.

Hannah está un poco harta de cómo tratan a su amiga, así que todos los días le recomienda que cambie de trabajo: Cinderella – le dice – puedes conseguir algo mejor… no tienes porque soportar eso -. Pero Cinderella no lo ve así tan claro. Tiene miedo. Llego a España en una de estas redes de prostitución de leste, y pudo escapar de ello, así que no quiere hacer mucho alboroto para no llamar la atención.

 

 

Un día Hannah llegó a casa con una muy buena noticia, en su oficina estaban pidiendo una secretaria que hablara inglés. Cinderella seria optima para el puesto. Ya que su inglés es perfecto.

-         Anda Cinderella. La oferta es genial, podrás viajar, el grupo de trabajo es muy unido, y el salario es mucho mejor del que cobras…

-         No sé – respondió tímida Cinderella ante la confianza de su amiga – la verdad es que no sabría como comportarme, no se a lo cierto que tengo que hacer…

-         Mira mañana tendrás una entrevista, y Carlos, nuestro jefe te explicará todo lo necesario. Además, tienes que ir… ya hable con él  diciendo que ibas, así que no me hagas quedar mal

-         ¡Hannah! – dice Cinderella estupefacta  - no tengo ni siquiera un traje decente para ir…

-         Bobadas… ponte uno mío y después ya te comprarás unos cuantos… Cinderella, no hay excusas para no ir… además si tienes algún problema yo te orientaré…

 

 

Carlos mira a la guapa chica que se encuentra sentada nerviosa en su frente. Nunca había visto una chica tan guapa. Finge que revisa su currículo, pero la verdad es que por encima de sus finas gafas Prada, no consigue dejar de mirar los ojos azules de Cinderella. Ella, a su vez, piensa que Carlos no era lo que pensaba. Se imaginaba un señor ya mayor, quizás con el pelo blanco, y un bigote enorme. Lejos de eso, Carlos se presenta como un hombre bastante guapo a su ver.

-         Muy bien, parece que está todo en orden con su currículo. ¿Cuándo puede comenzar a trabajar?

-         No sé – responde nerviosa Cinderella -  cuando usted quiera.

-         Excelente! La espero mañana a las diez en punto… por favor no me falle.

 

La vida corre. A veces vuela. Cinderella y Carlos van intercambiando miradas, palabras y sonrisas, mientras que Hannah se va dando cuenta de la nueva luz que ella irradia en su mirada. Está feliz, y ella también se siente feliz por eso, ya que en parte, ella tiene un poco de culpa.

-         Me ha invitado a cenar -.

-         ¡Noooooooo!… aceptaste ir ¿no?

-         Claro que no… sabes que no puedo ir…

-         Cinderella – dice la amiga con un tono de voz despectivo, como si de repente su amiga se hubiera convertido en idiota – por el amor de Dios. Claro que puedes ir. Eso no es ningún impedimento, además, es solo una cena.

-         Sí, ¿pero que pasaría si es más que una cena?

-         Si es más que una cena se lo sueltas y ya está… ¿qué es lo más grave que pueda pasar? ¿que se levante y se vaya? ¿que te despida?

-         No puede despedirme solo por eso… es ilegal, no es eso que me preocupa, lo que me preocupa es que se lo diga a todo el mundo.

-         Carlos no lo haría. Además es un hombre inteligente, no creo que piense nada malo… tienes que arriesgar de vez en cuando para poder tener oportunidades… ¡vamos! Es una cena gratis…

Cinderella y Hannah se ríen. Hannah coge el teléfono y marca un número y en cuanto oye la voz del hombre al que llama se lo pasa rápidamente. Es Carlos, y ella está muda…

-         ¿Quién es?

-         hum… éste, aahh – Cinderella no sabe que decir , hasta que su amiga le susurra “es para decirte que voy a la cena que me invitaste” y ella repite ya que no tiene opción

-         ¿Genial, mañana a las diez?

-         Vale – dice Cinderella con la voz entrecortada

-         Vale te paso buscando después del trabajo. Como a las diez. – dice Carlos conteniendo su euforia…

Cuelga el teléfono y Cinderella promete matar a Hannah.

 

La carroza vuela por encima de la ciudad, pasa por la sagrada familia, toca la luna y se detiene en Montjuic. Carlos tira de los caballos, y la carroza imaginada por Cinderella se detiene. Él la mira mientras el reloj del coche anuncia con un bip la media noche y la besa. En ese momento Cinderella vuelve a la realidad, como si cayera del cielo y embistiera contra el piso de asfalto.

-         No puedo.

-         ¿Porque no?

Cinderella se caya. No quiere engañarlo, así que cierra los ojos y lo suelta de una sola vez.

-         Soy seropositivo.

-         ¿Qué?

Le cuenta su historia, como pudo salir de Bulgaria, como la engañaron en una supuesta oportunidad de trabajo. Como todo pasó. Cómo huyo de eso. Carlos la oye, y cuando acaba arranca el coche. Cruza de nuevo Barcelona, pero de esta vez sin carroza, no tiene caballos y Carlos ya no es un jinete. Se detiene en una farmacia, sin decir una palabra entra. Sale cinco minutos después y llegan a casa de Hannah.

-         Bueno – dice Cinderella  - es esto ¿no? Se acaba aquí.

Carlos la mira, saca una caja de la pequeña bolsa que trajo de la farmacia, y se la muestra. Es una caja de condones – quiero entrar si me dejas – . Cinderella lo coge de la mano y lo invita a subir.

Y así, en el más recóndito rincón de Barcelona, una chica búlgara y un empresario español, fueron felices mientras todo duró.



REENCUENTRO

“Te echaba de menos cabrón”. Eran las palabras de Daniel cuando llegaba a casa y veía a Alfredo, en una época en la cual no se le permitía ser gay y el ascenso profesional le estaba costando su paciencia y su energía. Verlo en casa al llegar era lo único que le recargaba las pilas y le alegraba la vida. A veces el cerebro le juega partidas y cuando llega a casa lo ve sentado al piano sonriéndole. Luego desaparece como un fantasma en el silencio de la casa que un día estuvo repleta de melodía.

Daniel se levanta de la cama después de apagar el gallo eléctrico que, como de costumbre, siempre interrumpe lo mejor del sueño. Mira al calendario: han pasado ya tres largos años desde que se ha sumergido en la anhedonia constante en que vive.

Se mete debajo de la ducha como si procurara limpiarse de la apatía y el hastío que siente. Estos últimos tres años los siente pegados en su piel, como si viviera sumergido en hollín y este se mezclara con el sudor creando una pasta de porquería que le cubre hasta el alma. Está cansado de su soledad, de su falta de ánimo.

Se viste de negro, se mira en el espejo, cierra los ojos fuertemente y susurra – me gustaría estar contigo ahora – . Coge el coche para dirigirse al cementerio: hoy se cumplen tres años de su muerte y, como todos los años, va a visitarlo a su lecho.

 El vehículo avanza lento por la avenida y Daniel está sumergido en el recuerdo. – Nunca pensé que te echaría tanto de menos – piensa mientras observa la cafetería donde solían ir juntos a desayunar. Justo la tal cafetería en que a Alfredo lo mataron a golpes un grupo de homofóbicos radicales. Esa mañana, Daniel había dejado el Seat mal estacionado, así que había salido tres minutos a aparcarlo bien y cuando volvió al lugar ya Alfredo se desangraba en el suelo. No pudieron hacer nada, las costillas le habían perforado los pulmones y para cuando llegaron al hospital, Alfredo se había ahogado en su propia sangre y él en su incredulidad.

El estampido se oye hasta el final de la avenida y pronto una multitud de gente rodea al camión y al coche. El conductor  del coche había pasado el semáforo rojo. En efecto, Daniel estaba tan  absorto en sus recuerdos que ni siquiera se enteró del cambio de luz del semáforo. No había nada que hacer, el chofer del camión salió ileso, pero Daniel murió al instante.

 Cuando Daniel abre los ojos ve a Alfredo de espaldas tocando el piano. Se aproxima  él y éste se voltea y le sonríe… – te echaba de menos cabrón – le dice Daniel mientras el piano llena la casa con su melodía.



EL CUBANO Y EL MAR

Un día, en una playa de arenas blancas, un chico construyó un barco de papel para echarse a la mar. La mar, al ver el barco de papel sin brújula alguna, le pregunta a dónde quería llegar.

-         Sólo quiero libertad  – respondió el chico y la mar, con una sonrisa, le dijo que navegara por su cabello azul y a noventa millas en línea recta hallaría lo que buscaba.

Navegando tranquilo avista la orilla de una ciudad, y casi ya llegando, de una bocanada, se lo traga la mar.

Al ver su cuerpo inmóvil arrastrado hacia la oscuridad, el chico, ya espíritu pregunta – ¿Por qué me traicionaste mar?

-         Me dijiste que ansiabas libertad – respondió la mar – ¿Qué otro destino te podría dar?

 

 



SE CALHAR

Havíamos de ter sido mais sinceros. Havíamos de ter aproveitado a desvalorizada sorte que tínhamos um com o outro. Porque pelo menos eu considero que juntos tínhamos muita sorte só não que lhe demos importância… achámos que seríamos jovens para sempre.

Continuo a ter vontade de te ver, tenho vontade de te ver como o espia que olha na fechadura, só para constatar que estás bem, mas acho que ainda não te quero ver frente a frente porque acho que isso faria muito dano aos dois.

Se tu não foste para mim a melhor pessoa do mundo, eu pela minha parte posso dizer que também não fui para ti um exemplo daquilo que se deve ou não fazer. Também sou filho da puta, também fui cabrão, Também te deixei só quando precisaste de mim, também quis que fosses só minha e para mim… também fui como tu…

Agora estou a viver a serio. Invisto no futuro, naquele que deveria ser nosso; tomo, a pesar do muito medo que posso ter grandes riscos, grandes responsabilidades. Inclusive já estou a vender a minha liberdade em troca de alguma coisa que fique de mim, de alguma base que não me faça cair na mesma historia que tu e eu já conhecemos…

Mas uma coisa também é verdade: Tenho saudades tuas, e ainda temos tempo de envelhecer juntos como havíamos pensado… um beijo grande

 

 



YO

¡Hola! yo soy todo

Y no soy nada.

Yo soy aquello que me queda;

Aquello que me resta de los trazos en mí dejados.

 

 

A veces oro, a veces bosta;

A veces te amo, a veces te odio;

A veces ven, a veces déjame;

Yo soy lo que no sé,

Porque aun no me conozco.

 

 

A veces inmenso, a veces hormiga;

A veces invencible, a veces con miedo;

Yo soy lo que la oportunidad me deja ser,

Y a veces ni siquiera eso soy.



Hacia al otro lado del mundo

Iba todo bien hasta el día en que te apareció aquella propuesta que a todos solo nos aparece una vez en la vida, y que cambia tu futuro por completo. Llegaste en casa y me dijiste que te querían en Taiwán, que te pagaban la estadía durante el tiempo del contrato, un salario irrefutable, transporte y todos los gastos intermedios que eso ocasionaría. Realmente era la propuesta de tu vida. Te deje ir, porque sabía que era lo mejor para ti. Soy mucho más viejo que tú, y aunque tú mismo no lo supieras, yo sabía que debías ir. No llore, no hice un drama para no hacerte sentir peor, pero el día en que cogiste el avión hacia el otro lado del mundo, comencé a marchitar tanto que hoy no me reconocerías si me vieras en frente.
Te fuiste – esa es la única cuestión que importa en estos momentos. Y si te fuiste, es porque, aunque me amabas, no me amabas lo suficiente como para rechazar la propuesta de tu vida por mí. Me quedé – esa es la otra cuestión que importa en estos momentos también. Y si no me fui contigo fue porque, aunque te amaba, no te amaba lo suficiente como para echar a perder todo lo que tenia y había conseguido.
Para mí existen dos tipos de personas, y creo que cuando tengas mas unos diez años encima, me darás la razón: los que tienen alas y los que tienen raíces. Tu escogiste tus alas en vez de a mí, y yo escogí mis raíces en vez de a ti. El problema es que no he regado bien mis raíces, y se me están pudriendo – se me ha olvidado cuidar mis raíces desde que te fuiste. Espero que tus alas estén en mejor estado y que continúes volando de un sitio para el otro. Espero que me hayas olvidado, que no sigas mi ejemplo y te aferres al pasado, porque eso hará con que se te atrofien tus alas.
Entretanto tengo que regar mis raíces, por eso tengo que ir olvidándote. Mis raíces se componen de mi trabajo, mi familia, mis amigos, mi lugar y todo aquello que a lo largo de mi vida fui conquistando, y puedo perderlo todo si te sigo echando de menos.
Ayer recibí una carta tuya diciéndome que te iba todo bien, que la red de informática que construiste que liga Japón a Estados Unidos y Brasil recibió un premio de telecomunicaciones, y que estas cambiándote de nuevo, pero esta vez para Dubái, donde los petroleros te necesitan y te valorizan más que al agua en el desierto. Te iba a responder, pero cuando cogí el bolígrafo y el papel, me entere que no había nada que decirte, así que me puse a llorar, y me dormí en la mesa, justo encima del papel y el bolígrafo. Cuando desperté la hoja de papel estaba con huellas de lágrimas: lo único que tengo que decirte son lágrimas, así que hazme un favor y no me envíes más cartas porque eso me pone peor. Déjame olvidarte de una vez, de verdad. Te lo pido.
No quiero que se sequen mis raíces.